“COCAÍNA NEGRA”, UNO DE LOS PUNTOS ALTOS DEL 41 FESTIVAL INTERNACIONAL DE CINE DE GUADALAJARA

27 de abril de 2026 Maxi Carranza corresponsal en Guadalajara Mexico

F1

Cocaína negra es el último largometraje documental del director chileno Cristóbal Valenzuela, que se estrenó en México durante la edición 41 del Festival Internacional de Cine de Guadalajara (FICG), como parte de la muestra de cine chileno, país invitado de honor. El hallazgo de cintas de audios grabados por el bioquímico Eugenio Berríos es la base para la reconstrucción de su auge y caída. La vida de este personaje resulta una delgada línea negra que cruza nuestra historia reciente entre dictaduras, venenos letales y cerros de cocaína. Una vida política tan violenta que terminó configurando su propia autodestrucción. En contacto exclusivo con Mestiza Rock de Río Tercero (Córdoba, Argentina), el director Cristóbal Valenzuela habló de su última obra.

INVESTIGACIÓN DE LARGO ALIENTO

Cocaína negra es el resultado de una investigación cinematográfica de largo aliento, sostenida durante varios años gracias a la persistencia del director y a un trabajo de investigación riguroso. El proceso se apoyó en una estrecha colaboración con el Archivo Judicial y con el detective a cargo del caso, lo que permitió acceder a testimonios y documentos que aportaron una dimensión inédita al relato. El largometraje fue concebido originalmente como un documental narrado a través de expertos e historiadores. Pero todo cambió: pocas semanas antes de comenzar a filmar las entrevistas, aparecieron seis cintas de audio grabadas por el propio Berríos. Ese hallazgo obligó al equipo de producción a congelar el calendario de producción y a reescribir el guion. Desde la producción, se aborda el proyecto con una mirada que combina investigación periodística, profundidad histórica y una propuesta audiovisual comprometida con hacer visible lo invisible: las conexiones entre política, ciencia y crimen. “La coproducción entre Blume (Chile) y Passaparola (Uruguay) fue una experiencia verdaderamente complementaria, que reunió equipos, sensibilidades y recursos de ambos países”, señaló el texto de prensa del largometraje.

DOCUMENTAL QUE NO PIERDE VIGENCIA

En Chile, el tema confronta las zonas no resueltas de la historia reciente; en Uruguay, resuena por el rol decisivo del país en el capítulo final del caso. En ambos contextos, Cocaína negra propone un acto de memoria y una reflexión sobre los límites del poder y la verdad. El caso Berríos es considerado uno de los episodios más reveladores de la transición chilena a la democracia, pues evidenció que las estructuras de inteligencia militar siguieron operando de forma clandestina, incluso después del fin formal de la dictadura en 1990. El filme estuvo dirigido por Cristóbal Valenzuela, quien es un cineasta especializado en montaje. En 2017 estrenó su ópera prima documental Robar a Rodin como director y guionista, la cual recorrió diversos festivales nacionales e internacionales obteniendo múltiples premios como DocsMx en 2018. Su segundo largometraje, Isla Alíen, se completó en 2023 y luego de una ronda de festivales fue adquirido por la plataforma Netflix. Con Cocaína negra, Cristóbal da un paso adelante en la construcción de un lenguaje narrativo que se distingue por la exploración híbrida, donde la no ficción se contamina deliberadamente con dispositivos de la ficción. 

F2

                                                                                                                              Fotografias: cortesía prensa de la película

EN PALABRAS DEL DIRECTOR

En la charla con Mestiza Rock de Río Tercero (Córdoba, Argentina), Cristóbal Valenzuela (Chile, 1982) contó sobre la realización de Cocaína negra: “una vez salió una nota sobre la cocaína negra en el diario El País (España) y me llamó la atención, porque para mí eso era una leyenda. A partir de ahí me puse a investigar bastante sobre el tema. El documental es una metáfora para hablar del personaje de Berríos y de la violencia en sí, porque conecta on miles de casos, sobre todo en Latinoamérica. Ahora todavía más con este giro a la derecha que se está dando en el mundo. Las cintas en un microcasete, que la viuda de Berríos entregó a los detectives, fueron fundamentales para la película. En total fueron seis horas de casete, que el usaba para grabar y después estafar gente. Lo increíble es que se grababa hasta cuando iba al baño. También se filtraron algunas grabaciones de esos casetes, que salieron en un podcast de la Universidad de Chile. Fue una puñalada, porque salió de alguien que había trabajado con nosotros. Ahora seguimos con las presentaciones en diferentes festivales y luego ver si llega a alguna plataforma”, expresó el realizador chileno a este medio. 

 SOBRE EL PERSONAJE

Eugenio Berríos Sagredo (1947–1992) fue un bioquímico chileno que, tras militar en el ultraderechista Frente Nacionalista Patria y Libertad, se incorporó a la temida Dirección de Inteligencia Nacional (DINA) luego del golpe de Estado del 11 de septiembre de 1973, bajo el nombre clave de Hermes. Sintetizó el gas sarín y otras armas químicas utilizadas para eliminar a opositores del régimen de Augusto Pinochet. Estuvo vinculado a la elaboración de cocaína negra desde instalaciones militares y al tráfico internacional de drogas. En 1991, cuando el juez Adolfo Bañados lo citó a declarar en el caso del asesinato del excanciller Orlando Letelier, el Ejército lo sacó clandestinamente del país hacia Uruguay para proteger los secretos de la dictadura. Allí permaneció bajo custodia militar chilena y uruguaya; en noviembre de 1992 intentó escapar y pedir ayuda en una comisaría, pero fue devuelto a sus captores. Su cuerpo, con dos impactos de bala en la cabeza, fue hallado semienterrado en la playa de El Pinar (Uruguay) en abril de 1995. En 2015 la Corte Suprema de Chile condenó a 14 personas por su secuestro y homicidio, en lo que se considera uno de los últimos actos de la Operación Cóndor. El caso Berríos es considerado uno de los episodios más reveladores de la transición chilena a la democracia, pues evidenció que las estructuras de inteligencia militar siguieron operando de forma clandestina incluso después del fin formal de la dictadura en 1990. Su asesinato eliminó un testigo clave que podría haber arrojado luz sobre el uso de armas químicas, el narcotráfico institucionalizado y crímenes de Estado aún no resueltos.